Presentación de Bildungsroman

PRÓLOGO

 "El tiempo es una bala y el deseo una espina". En estas dos imágenes se condensa una visión poética de la vida como fugacidad y dolor. Parece lógico que, cuando un libro de poemas se disfraza de novela de iniciación a la vida, el resultado trate de presentarse como glosa más o menos extensa a un par de verdades -a unas pocas palabras verdaderas, diría don Antonio Machado- y esto es lo que Carlos nos ofrece: una novela camuflada en poemario (o unos poemas ficcionales, novelescos) sobre el asombro que produce comprobar, de repente, que ya tenemos el tiempo por detrás y que la bala se acerca. Ella es la que nos llevará por delante a todos los que, en el tiempo sin tiempo de la Bildung, creíamos haber venido a la vida sin otro destino que arrollarla.

Bildungsroman: un título que desmiente el contenido del presente libro, ironizando no sólo sobre el género (novela es matrimonio indisoluble; poesía, promiscuidad y mero­deo) sino, ante todo, sobre el tiempo. No el tiempo de Heráclito, río siempre distinto en que nos bañamos. El tiempo en estos poemas es vida consciente de su fluir sin tregua, una conciencia hecha de instantes sucesivos que se alejan del origen. Distancia. En la Bildung no hay tiempo, porque consiste en el proceso mismo de adquisición de (o caída en) una conciencia temporal. Como escribió otro poeta seducido por el budismo, se trata de escoger entre dos aporías: "Vie ou Néant! Choisir. Ah, quelle discipline!/ Que n'est il un Edén entre ces deux usines?" (Jules Laforgue, Complainte des voix sous le figuier boudhiqué). La Bildung es, por tanto, el paraíso anterior a la elección entre la vida y la nada, el jardín de Buda, pero, como desde tal jardín no se escribe, la novela de la Bildung o su trasunto poético es siempre un discurso del exilio. Vida lanzada al encuentro fatal con su límite, que se resuelve en escritura.

Resulta asombroso -no diré que reconfortante- descubrir en un poeta mucho más joven que uno tal afinidad en la visión de la vida, pero, si bien se piensa, nada es más lógi­co. Entre el autor y el prologuista hay treinta años de dis­tancia, a favor siempre del primero. Dos generaciones en términos orteguianos. También mi generación coincidió en lo fundamental con otra situada una treintena atrás, hacia el origen. A los taxonomistas les encantaría la regularidad de esta recurrencia. Los demás sólo podemos certificar la cercanía de los sentimientos y del lenguaje. ¿De qué len­guaje hablamos? Por supuesto, de la ironía: del único lenguaje posible tras la comprobación de la pérdida. A este discurso se le han
dado nombres diferentes. Cada genera­ción inventa el suyo: poesía de la experiencia, poesía existencial, poesía realista, nueva sentimentalidad, etc. El mar­bete es lo de menos. Lo realmente significativo es que cada treinta años irrumpe en la poesía española un conjunto de voces que cantan
desde la vida hecha de tiempo fugaz y caducante, y que hablan del paso de los días, del dolor y de la vida que queda atrás. Elegía se llama esa figura. Y en Bildungsroman se encuentran algunos de los mejores poe­mas elegiacos del momento presente. Poemas espléndidos, que aun recogiendo ecos de voces anteriores, no son en sí mismos ecos sino tradición cribada por una conciencia in­dividual y vertida en un idioma que sólo al autor pertenece.

Tal idioma asume como dado lo que para mi generación fue todavía una conquista: los códigos de la ciudad, de una cultura inexorablemente urbana, alejada de la imaginería naturalista. Pero incorpora asimismo una tradición literaria transversal, de la que muchos nos hemos nutrido y que seguirá aflorando en
la poesía de nuestra lengua gracias al sentido de la continuidad de poetas de las hornadas actua­les y venideras. Como Carlos.

 Jon Juaristi