|
PROLOGO

Un premio de poesía promovido por un instituto de enseñanza secundaria y que lleva el nombre de un profesor ejemplar, Martín García Ramos. No es algo habitual en este país. Menos aún lo es que el éxito de sus convocatorias haya aconsejado cambiar la modalidad del certamen. Al destinarse a poemarios, superando así la fase del concurso de poemas, el premio se profesionaliza, se dirige a poetas de oficio. Adquiere una dimensión y una visibilidad equiparable a la de otros premios añejos y prestigiosos que han contribuido a enriquecer el canon de la poesía en lengua española.
¿Goza de buena salud la poesía? Sin duda, siguen existiendo poetas. Numerosos poetas. Pero el lugar de la poesía se reduce aceleradamente. Y esta desaparición de su lugar social constituye un síntoma de una grave enfermedad de la lengua, a la que se le va amputando lo que en las culturas tradicionales constituyó la principal de sus funciones, la de invocar un mundo paralelo que parece hoy inalcanzable: el mundo del ensueño y del mito. La poesía, en cierto sentido, es la utopía de la lengua. No sólo porque pone en acto sus recursos menos habituales (ritmos deliberados, medida, rima) para la construcción del poema, sino porque el poema mismo es un mundo utópico, fuera del espacio y, sin embargo, habitable.
El mundo posmoderno no admite otra función de la lengua que la mera comunicación, y la poesía, en el improbable caso de que comunique algo, lo hace con dificultad. Como forma de comunicación, está muy por detrás del lenguaje mediático. Hay poemas divertidos, pero la poesía no es divertida, y hoy se exige que los mensajes nos diviertan. La poesía es inútil, y la posmodernidad desecha los artefactos inútiles. Por último, la poesía aspira a la eternidad y ya no concebimos sino culturas de gasto rápido. Con todo, la poesía sigue siendo necesaria. En la sociedad de la información y el conocimiento, sólo un objeto nos es desconocido y opaco: nosotros mismos. Para eso necesitamos la poesía. El poema es un espejo en el que nos miramos y nos conocemos, en el que aprendemos a reconocer nuestro deseo y comprendemos nuestros sentimientos.
Don Martín García Ramos fue un profesor, un educador y un maestro, en el sentido más hondo y noble de los tres términos (un profesor instruye, un educador forma y un maestro señala el camino). Fue además un creador literario. El título de su novela póstuma, Camino del desierto, podría ser una perfecta definición de la poesía en nuestros tiempos de abundancia. ¿Para qué poetas en tiempos de penuria?, se preguntaba Hólderlin. Pero hoy sabemos que es más difícil responder a la cuestión contraria: ¿para qué poetas en tiempos de saturación y afluencia, cuando la escasez es el más escaso de los bienes? Precisamente, para eso: para que aún sea posible experimentar la desposesión, la soledad, el silencio y la ausencia. Sólo en el de desierto nos encontramos. En el encuentro de cada uno con el poema. El poema es una morada para solitarios y la lectura de poesía un ejercicio espiritual de anacoreta, un retiro donde cesa el ruido exterior, el fragor del mundo. Más allá del flujo de las comunicaciones, suspendidos todos los demás estímulos, nos abandonamos a la escucha de la lengua hecha verbo. Y descubrimos esa otra realidad necesaria que nos funda.
Este libro recoge poemas que son parte selecta de la historia del premio de poesía "Martín García Ramos". Es una antología de frontera, en vísperas de una metamorfosis.
Da testimonio de un pasado inconcluso, de un origen que no abandona a los nuevos caminantes del desierto. La aventura no termina. Se despliega y crece. Es un jalón, el primero de una serie que irá marcando, año tras año, el devenir de una empresa que se acogió, desde el comienzo, al nombre de un maestro querido y recordado. Pero, como todo primer hito, no solamente marca. No instituye un límite. Conmemora una historia y abre un futuro.
Jon Juaristi
|